Leyendo a Molano

Por Hernando Isaías Urrutia Vásquez

Visitando una vez más la biblioteca de mi amañador pueblo de Suesca, le recomendé a mi hijo Miguel Ángel una lectura que yo sabía de antemano que lo iba a impactar: “Los años del tropel” de Alfredo Molano.

No se iba a divertir, eso lo tenía claro, porque el maestro Molano no escribía para entretener, sino para dar testimonio de un país que nos han querido ocultar, su pluma estuvo siempre al servicio del testimonio, cruel pero verdadero de un pueblo que se despedazó literalmente mientras otros gozaban de las gabelas que les brindaba la violencia de la cual no hemos pasado la página. Sus comentarios a cada que leía una historia era de alguien a quien le restriegan en los ojos la verdad de unos espeluznantes personajes bebedores de la sangre de las víctimas, inventores de salvajadas que es mejor no recrear sino para ser rechazadas. Llegamos a un acuerdo de opinión: esos criminales que castraban a las víctimas y le metían los testículos en la boca, no podían ser los humildes campesinos que segados y sesgados por el discurso fanático, cometían semejantes atrocidades cantando el himno partidario.

Mi hijo pensó por un momento en abandonar la lectura ante los ríos (baldados) de sangre, pero su capacidad era mucha y no podía cerrar la puerta a la veracidad de las declaraciones de los sobrevivientes, y en esta tarea duró más tiempo de lo establecido porque le tocaba asimilar, digerir lo leído. Leer testimonios de la violencia en Colombia, es entrar a ver una película de una fiesta de dementes y salir, y ser invitado a ver la segunda parte, porque esa ha sido la historia de esta nación, una película segmentada en varios capítulos.

De pronto cambian los actores, pero el argumento es el mismo; unos azuzan y otros ejecutan. Unos se destrozan y otros engordan porque los intereses que mueven estas guerras son en beneficio de alguien. Pero mientras transcurría la lectura de mi hijo, se daba la controversia por la invitación a los escritores “neutros” a la Feria del libro de España seguramente si el maestro estuviera vivo no sería invitado dado que el país queda mal parado en la literatura contemporánea y más bien hay sectores que acusan no solo a la literatura sino a todas las artes de antipatriotas, porque reflejan la realidad. la evidente y la que se pretende ocultar.

La cosa funciona así: crece la violencia, el narcotráfico, la corrupción ríe, y la mafia se mofa de la justicia. Como tenemos las instituciones al servicio de la corrupción, es impresionante ver el desfile histórico de personajes siniestros, botellas de cianuro fantasmales que envenenan testimonios, ¡nada pasa, o mejor todo pasa!, ¿¿¿Es un duro castigo darle a un culpable la embajada por cárcel!!!, ¿es lógico que un funcionario acusado de fraude al Estado demande?

Esto sucede en tiempos de aparente paz, mientras se atiza otra época de violencia, cuando no hemos salido de la que vivimos en el siglo pasado y lo chistoso es que después de esta avalancha de crímenes, de desplazamientos, de decisiones equivocadas que nos tienen al borde del desastre se le echa la culpa a un libretista de telenovelas de estar desacreditando el país. Un país que le ha aportado al cinismo términos como: “homicidios colectivos”, “masacres con sentido social”, ”no estarían cogiendo café”, “Colombia territorio de escritores neutros”, “buenos muertos” y todo esto prepara para una nueva etapa de violencia irremediablemente. Pero el maestro no está, sin embargo nos quedan legados de muchos escritores que saben que su papel es histórico, así no sean invitados a las ferias de libros, condicionados. 

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