La leyenda de los buitrones

Mes de los sitios de interés local

Dicen que un pacto con el diablo permitió a don Sergio construir estas imponentes edificaciones.

Fotografía: Buitrón que queda frente a la urbanización Terrazas de Oriente

Dicen que los buitrones que se construyeron en la localidad de San Cristóbal, como el que queda frente a la urbanización Terrazas de Oriente y el de la ladrillera San Cristóbal, fueron hechos mediante un pacto con el diablo. La leyenda que surgió alrededor de estas imponentes edificaciones de las fábricas de ladrillo es que su constructor, un señor  que llamaban “Don Sergio”, le entregó su alma al demonio a cambio de que le rindiera en el trabajo y  no le faltara el traguito.

Este personaje era Sergio Arévalo, un constructor de apariencia humilde que siempre andaba vestido de ruana y alpargatas. Cuentan que hacia la década de 1.940 él construyó el buitrón que quedaba detrás de la Alcaldía de San Cristóbal (donde hoy es la urbanización Parque Metropolitano), semejante edificación que tenía como 60 metros de alto fue hecha en tres días y tres noches, tan rápida y tan perfecta que solo el diablo pudo haberlo ayudado.  Desde entonces surgió la leyenda, ya que nadie se explica cómo estos buitrones quedaron tan bien construidos.

De hecho la historia del pacto con el diablo se fue alimentando con episodios como el que narra Jorge López, habitante del sector, quien afirma que en cierta ocasión “Don Sergio” fue invitado a una misa en la iglesia del barrio San Cristóbal, cuenta que el hombre quedó prácticamente paralizado en la puerta del atrio, que algo sobrenatural le impidió entrar al recinto sagrado. Las personas que lo acompañaban intentaron moverlo de allí pero fue imposible. Ese día, ni nunca más, “Don Sergio” pudo entrar a una iglesia, ya que tenía un pacto que no podía romper ni siquiera el día de su muerte.

Buitron-Ladrillera-San-Cris

Fotografía: Buitrón de la antigua Ladrillera San Cristóbal

Al  episodio de la iglesia se le suma el rumor de que por las  noches a “Don Sergio”  se le veía bailar con el diablo en la punta de los buitrones. Pero la historia más increíble es la del duelo que sostuvo con el demonio.

Cuenta Honorio Pardo, habitante del barrio San Cristóbal, que una noche fría y oscura el demonio le ordenó a “Don Sergio”  presentarse a las doce de la noche en lo más alto del páramo de Cruz Verde con el encargo de llevar  tres gatos negros, una vez allí el diablo le ordenó sacrificarlos. “Don Sergio” presintiendo que algo grave le iba a suceder desobedeció las órdenes y solo mató dos gatos dejando uno vivo. Enfurecido el demonio por haberlo desobedecido se abalanzó contra él para matarlo con sus propias manos. Dicen que aquel hombre pequeñito, de ruana y alpargatas, decidió enfrentar al diablo; no se sabe cuántas horas duró aquel duelo, ni como logró confrontar semejante ataque demoníaco,  pero gracias al gato que dejó vivo “Don Sergio” no sólo logró salvar su vida sino que también logró vencer al demonio.

Aún después de muerto parece que el fantasma de “Don Sergio” recorre sus pasos. La ladrillera de los Gaitán Cortés, que todavía conserva el imponente buitrón construido por este personaje y que se divisa desde cualquier parte del barrio San Cristóbal,  es el escenario de las misteriosas apariciones de un fantasma vestido de ruana que aparece sentado sobre una de las bóvedas de ladrillo.

La fábrica quedó abandonada hace más de veinte años, solamente una familia de cuidanderos la habita para que nadie la invada; en cierta noche uno de los hijos de los cuidanderos se pegó tremendo susto cuando vio la figura de un hombre vestido de ruana que lo llamaba con insistencia. Fue tanto el miedo que no pudo entrar a ese sitio por varios días.

Después de varias décadas el pacto de “Don Sergio” sigue alimentado el imaginario colectivo. ¿Pero si hubo pacto con el diablo por qué no pedir riquezas? Eso es lo interesante de la historia; “Don Sergio”, no anheló dinero a pesar de su vida humilde – siempre andaba en alpargatas- la vestimenta no le importó mucho, pidió más bien que no le faltara su trago, placer  del que  siempre disfrutó  hasta el último día de su vida.

Escrito por Carlos Acero Rincon

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