¡Duque o el fracaso del Neoliberalismo?

Por Hernando Urrutia Vásquez

Cuando el exgobernador de Nariño, Camilo Romero expresó que “Duque era una cara joven en gobierno viejo”, me sorprendí de que estuviera elogiando al primer mandatario. Pero no, lo que pasa es que realmente Duque es quien resume todos estos años en los cuales se  nos cabalgó en las costillas la teoría del mercado como ente regulador de la sociedad y que tan nefastas consecuencias ha traído.

Y es que la teoría de debilitar el Estado y fortalecer la iniciativa privada, nos fue dejando cada día más huecos frente al gasto público porque las empresas que generaban alguna rentabilidad al país, se fueron  vendiendo, y por lo tanto la capacidad de tener presupuesto y si a esto le agregamos que esas empresas no retribuían económicamente a la Nación, pues era de prever que al necesitar plata y no poder reponer esa rentabilidad los ojos giraban hacia los más huevones: el pueblo, y  se hicieron reformas tributarias incumpliendo, incluso promesas de campaña, pero… las víctimas no reviraban.

Si hacemos un ligerísimo recorrido por la historia, vemos que lo que se ha venido llamando Neoliberalismo surge como  propuesta  a partir de la crisis del discurso socialista y como revancha a la convicción Estatista que quedó mal librada cuando simbólicamente se derriba el muro de Berlín.

Con las banderas de emancipar al individuo de la tiranía, posibilitando las iniciativas que generaron progreso en el pasado, con las tesis del liberalismo clásico y la supremacía en las leyes de la “libertad de mercado». 

Estas tesis sostenidas por las transnacionales a las cuales favorecían, aparecieron durante décadas como las salvadoras de la humanidad, hasta pensarlas eternamente y sin fórmulas de reemplazo. Pero no había que ser Lenin para saber que “la mentalidad de riesgo y la aventura” se desgastaría porque ese liberalismo progresista había entrado en una etapa en la cual la voracidad de la que hemos hablado en otros artículos, no permitía esa libre concurrencia sino que las leyes del mercado estaban marcadas por el monopolio, que las naciones habían desaparecido, que el Estado estaba al servicio del capital vagabundo que violaba cualquier frontera saqueando el tesoro público sin compromiso alguno y que todas las legislaciones se hacían a la medida de engrosar capitales en cualquier punto del planeta.

Con esa tónica, los testaferros en los respectivos países incluyendo a Colombia, abogaron y abogan por un Estado que les sirva de guardián a sus capitales, que todo lo construido por la humanidad esté en sus manos y que las políticas económicas mercantilicen absolutamente toda la vida material y espiritual de la humanidad.

Dicho esto ¿para dónde agarramos? parecería que la discusión entre capitalismo y socialismo quedó aplazada y la contradicción en el mundo ahora es la soberanía, esa libertad de nación que se perdió y el fortalecer los Estados para afrontar crisis y además poder devolver en beneficios a sus ciudadanos cosa que no se puede hacer con la política neoliberal y lo demostró la errónea práctica de nuestros gobernantes, de vender a veces por precios inferiores las empresas que representan  activos para el tesoro nacional y verse obligados a ejecutar con más impuestos a los colombianos.

Es bueno entonces saber que la culpa se ha venido acumulando y desde la venta de Panamá, venimos soportando los abusos de entregar nuestros recursos a un capital que ni siquiera, por vergüenza, retribuya al fisco nacional con las consecuencias que vemos ahora y que le atribuimos a los demás para no asumirlas.

Quienes manejan el poder están “aterrados” de la barbarie de los otrora resignados ciudadanos y hablan de los destrozos, que se reparan con que tan solo uno de los que ha recibido prebendas, las devuelva, en cambio, esta patria necesita mucho tiempo para repararla. Pero lo más significativo es que a pesar de las evidencias se sigue planteando lo mismo ignorando a Einstein y su advertencia de que no podemos esperar cambios si seguimos haciendo lo mismo.

Le tocó a Duque asistir al fracaso del Neoliberalismo, con las fallas de los demás y las propias y con la terquedad de quienes todavía vociferan que hay que vender lo poco que queda, negándose a ver la realidad y volteándole la espalda al daño que ha hecho la descapitalización que impidió afrontar la crisis de la pandemia.

Finalizando, es bueno afirmar que el decir fracaso no quiere decir que va a desaparecer tan fácil de la historia esta fórmula que le ha traído tantos beneficios a sus ejecutores. América es una fuente de materias primas y por eso el interés de sometimiento de las poderosas empresas que se dan el lujo de diseñar los planes para el planeta. Por ahora confiemos en que algún día podamos exclamar:

Que el “Neoliberalismo” descanse en paz!!!

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