Monólogo de un toro

Por: HERNANDO URRUTIA Director de Programación – Vientos Stereo

Lo veo venir, montado en el caballo que por servir a su amo se presta para clavarme un aguijón metálico que empuña de manera desafiante que empuña de manera desafiante.

Yo sé porque por generaciones ha pasado, que aunque no tenga la culpa hay que darle primero al caballo para vencer a su jinete. No tengo nada contra los caballos, es más, admiro su elegancia  y su porte pero que se ve desdibujado por la complicidad con ese otro animal que para lucirse con los desaforados gritones que exigen que me maltraten, se viene feroz contra mí.

Siento un primer pinchazo y me enfurezco porque en mi conciencia está que no le he hecho nada para que me agreda y embisto porque sé que esto termina cuando el cuatropatas servil sea vencido.

Así, me voy resuelto y logro acertar en su estómago, situación que lo hace fruncir, pero ni modos, es él o yo porque al llamado rejoneador no lo logro alcanzar y lo más seguro es que nada de lamentar le pase y yo pueda festejar.

Tomo un segundo aire y vuelvo a sentir ese objeto lacerante enmarcado de voces de miles de pendejos que   vienen a descargar  sus angustias en este “espectáculo”. ¿POR QUÉ NO SE DESQUITAN CON OTRO MAS PENDEJO!! Tiene que ser conmigo el menso convencido  que me están cuidando y mimando y resulta que me están preparando para estas bestialidades. Se les olvida que soy un ser sintiente a estos brutos emocionados ante la destripada que logro cuando el caballo me da papaya o se desgañitan ante las heridas propinadas por esa bestia de dos patas,que armada y protegida  me mira con odio calculador.

El caballo mal herido o mejor dicho bien herido por lambón es retirado y alegre me dispongo a celebrar cuando aparece un culiforrado con otros chuzos más cortos a desafiarme  y yo en medio de la piedra le como cuento y me le voy encima pero él me elude  y a su vez me clava esos chuzos en mi humanidad, acción que me debilita tenazmente y es cuando  sale otro tipejo con un trapo rojo o verde o azul, color que me da lo mismo porque para ese entonces me encuentro agotado.

 Lo cierto es que se saben toda la técnica de la tortura.

Por lo tanto la aventura no termina y a estas alturas sospecho que voy camino a la muerte, pero antes debo ser sometido a toda clase de vejámenes de igual manera a como están acostumbrados  unos humanos contra otros y por lo tanto no hay diferencia entre el “arte” taurino y la tortura.

En este espectáculo  no hay un Nerón y su famosa lira pero la reemplazan las trompetas  y otros instrumentos y estoy a merced de un emperador de miles de gargantas que decidirán si vivo o muero o si me mutilan profanando mi cuerpo.

Estoy cansado ya de tantas idas y venidas y no descifro como atacar a mi adversario aunque voy entendiendo sus puntos vulnerables él con otro chuzo que ellos llaman espada toma una determinada posición y lanza su arma penetrando mi lomo ante los alaridos destemplados de una manada de borrachos a la vez embriagados con mi sangre, gritando histéricos, celebrando mi agonía.

Caigo rendido pero todavía estoy vencido pero vivo y según los expertos necesito otra cuchillada que llaman estocada, la siento  y en mi agonía  se va yendo de mis sentidos la avalancha de aplausos y gritos de los celebrantes.gritando desaforados ¡!!oreja,!!!oreja!! alcanzo a reflexionar  que sacan con mutilarme,!!!indolentes!!insensibles!!! y en mis últimos minutos parafraseo la frase de Bolívar “si mi muerte contribuye a que cesen las corridas yo bajaré tranquilo al sepulcro”. 

Foto: Nelly Torres

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