Las historias del Lago de San Cristóbal

Desde 1917 y hasta 1965 existió en la localidad de San Cristóbal un famoso lago que era tan visitado por los bogotanos que se convirtió en el sitio “in” de la época.

Era un lugar de esparcimiento tan importante que las personalidades de la sociedad cachaca de aquel entonces lo visitaban con frecuencia. La atracción era montar en lancha, comerse un buen piquete y tomarse unos traguitos.

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Lago de San Cristóbal – Foto cortesia de don Luis Gaitán (qepd)

“El lago lo creó don Ernesto Gonzalez (un hacendado de la zona)  y funcionó inicialmente con barquetas de  lata y dos remos” nos cuenta Luis Gaitán, tradicional historiador  del sector.

Contribuyó a la popularidad del lago la llegada del tranvía eléctrico al  barrio San Cristóbal,  entre 1910 y 1920. “Era tal  la acogida que los tranvías llegaban repletos de gente”  recuerda el señor Gaitán.

“En mitad del lago había una especie de islita. Allí llegaban los visitantes a escuchar música en una pianola” – recuerda con nostalgía Julio César Tavera, habitante del barrio Villa Javier – “Ese lago era inmenso y en la orilla  estaban las canoas. Se pagaba 50 centavos y se montaba uno, después de dar una vuelta anclabamos  frente a una islita, entonces ahi pedía uno un piquete, papa, morcilla y una cervecita. Eso era muy bonito”.(sic)

Además de recorrer el lago en canoa se podía montar en los juegos mecánicos o echarse una pasada por dos conocidos lugares que hicieron historia alrededor del lago: La Casita y La Rondinela.  “Eran dos sitios para tomar trago muy agradables  – nos comenta Guillermo Posada –  descendiente de los fundadores del sector  – allí se reunían los intelectuales y la gente de la alta sociedad bogotana”.

“La Casita” era un restaurante de caché donde tocaban grandes orquestas, allí sólo entraban los de “dedito parado”. El otro sitio era “La Rondinela”, que era el contraste, porque había piqueteadero, fritanga y juego de tejo, también tocaban conjuntos de música de cuerda y había hasta pista de baile. Allí entraban los de estrato popular y de seguro más de uno se alzó la bata. El nombre del piqueteadero curiosamente se debe a la magistral interpretación que hizo un grupo de cuerda de un famoso pasillo llamado Rondinela. El dueño, don Luis Garay, quedó tan fascinado de la canción que así bautizó a su negocio.

A un lado del lago de San Cristóbal también quedaba un conocido restaurante llamado Petaluma, ahí se podía pedir la famosa champaña bogotana, que no era otra cosa que una cerveza con apariencia de champaña, se le conocía popularmente como “La Pita” porque en lugar del tradicional alambrito  venía una cabuya o pita y al destaparla sonaba como un tiro, algunos  recuerdan que era una cerveza muy sabrosa pero embriagadora.

Quien iba a imaginarse que el Lago de San Cristóbal fuera el escenario de una discordia que enfrentó la amistad de dos conocidos personajes de la historia del país: Eduardo Santos y Laureano Gómez. El motivo aunque aún no queda claro tiene que ver con una hermosa mesera que los sedujo ciegamente.

Es que estos dos personajes, que fueron posteriormente presidentes de la República,  en sus épocas de juventud venían con mucha frecuencia a “La Casita” donde compartían interminables noches de trago y  baile. Cuenta José Joaquín Ortiz, habitante del barrio Santa Ana, que una  noche el Dr. Santos confundió el abrigo de su compañero hallando una carta amorosa dirigida a la agraciada mesera que siempre los atendía. No se sabe si los dos amigos tuvieron allí una acalorada discusión, al parecer  Eduardo Santos no le quiso devolver la carta a Laureano Gómez. Lo cierto es que este episodio fue el motivo del rompimiento de esta amistad.

¿Qué contendría la carta? ¿Cuál de los dos personajes estaba enamorado de la mesera? Esa es la gran incógnita de la historia. No fueron precisamente las ideas partidistas las que pusieron en orillas opuestas a estos dos viejos amigos de rumba, tal vez fue una doncella la que provocó semejante distanciamiento.

Alrededor del  lago de San Cristóbal funcionó el  primer motel que tuvo la localidad, un sitio que al parecer no fue nada discreto.  Cuenta Luis Gaitan, antiguo habitante e historiador del barrio San Cristóbal, que hacia la década de 1940 llegó al barrio una mujer llamada Pepa Leyva, ella y su compañero compraron una casa quinta muy  grande en ese sector.  Sucedió que el hombre se murió en un viaje y la casa le quedó a ella, fue entonces cuando decidió montar un motel aprovechando la gran afluencia de parejitas que llegaban a divertirse a La Casita y La Rondinela.

Se llamaba “Cameron”  y era una casa grande con muchas habitaciones, los carros entraban por un garaje y sus ocupantes desaparecían como por arte de magia en las piezas de al frente.  No se sabe cómo doña Pepa se dio cuenta del “jugoso mercado” que tenía a pocos metros de su puerta, pero no le sería nada difícil intuirlo  ya que había manejado una casa de citas en el centro de Bogotá. Lo cierto es que el motel siempre permanecía llenó, según recuerda Luis Gaitan. Fue tal la acogida que funcionó durante casi veinte  años, un negocio tan lucrativo para doña Pepa Leyva que le alcanzó para comprar otras casa quintas en el barrio San Cristóbal.

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Don Luis Gaitán, el historiador del Lago San Crsitóbal (qepd)

Hay muchas historias encerradas dentro de las habitaciones de lo que fue el “Cameron”, de hecho muchas aventuras amorosas e infidelidades matrimoniales que surgieron alrededor de La Casita y La Rondinela fueron a consumarse allí. Incluso hubo tragedias pasionales como el episodio de una pareja que se voló de la casa con promesa de matrimonio por parte del novio, promesa que se rompió después de la primera noche de placer,  la novia sintiéndose burlada por su hombre cogió una pistola y lo mató.

Y evidentemente que para la sociedad mojigata de aquel entonces  el susodicho motel tuvo que haber sido motivo de comentarios de todo tipo. En aquella época hablar de esos temas era un tabú, para no ir más lejos: un beso romántico entre novios era visto como un acto inmoral y una práctica peligrosa para la salud.  En el libro “Cuando Bogotá tuvo tranvía” el escritor Andrés  Samper Gnecco nos cuenta que las escenas de besos en las películas eran censuradas, como en el  teatro Cinerama, donde su propietario, monseñor Emilio Valenzuela, ejercía una implacable vigilancia colocando su bonete frente al proyector  durante las escenas donde los actores se daban castos abrazos y besos.

El sitio donde funcionó  el lago de San Cristóbal  fue objeto de un litigio jurídico en el cual estuvo involucrada la empresa Bavaria. Al morir don Ernesto González (el creador del lago y dueño de los terrenos) su hijo que vivía en Estados Unidos decidió vender esta propiedad  a la compañia constructora Currea y Uribe Holguín, a fin de que pudieran ser urbanizadas rápidamente. Relata Guillermo Posada, descendiente de los fundadores del sector, que cuando los herederos fueron a repartir el ponqué resolvieron dejar por  fuera a una hija del señor González que había nacido con algunos problemas  mentales y para deshacerse de ella la abandonaron a su suerte en una institución de caridad.

Un día la mujer llegó de paseo por allí y a manera de comentario dijo que el lago de San Cristóbal había sido de su padre, que no se explicaba cómo la habían confinado a un convento donde ni siquiera era religiosa sino una empleada del servicio, a pesar de que su papá  era un hombre muy rico.  Afirma Guillermo Posada que las monjas al saber semejante noticia interpusieron una demanda para restablecer los derechos  de esta mujer como legítima heredera. Para esos días la firma constructora quebró y esos bienes terminaron en manos de Bavaria.

Escrito por Carlos Acero Rincon

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